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Dibujo de Oski

Amílcar Romero

 

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No hay como las vacaciones en la playa distenderse del estrés anual

 Encima de canallas, ¡comegatos!

La extensión del barrabravismo ha encontrado literalmente una buena cabecera de playa en Villa Gesell. Si las constantes tenidas por los campeonatos de verano en Mar del Plata son ya un lugar común, en la ciudad que surgiera de los médanos forestados por Carlos Idaho Gesell simplemente van a veranear, se encuentran sobre la arena y se dan. Estos encontronazos ocasionales ya dejaron una víctima fatal, cuando en el verano de 1999 los de Huracán y Platense se emboscaron con todas las de la ley y salieron a relucir los fierros. Desde entonces, por lo menos en lo que hace a guerras formales, los ánimos parecen haberse calmado. Lo realmente novedoso es que desde fines de siglo para acá, sobre todo las playas bien céntricas y en lo que hace a la primera quincena de enero, ya que en toda la zona rige otro almanaque, han sido copadas por la barra de Rosario Central.

No contentos con eso, de manera tal que se note la presencia, se han otorgado el beneplácito de un ritual: previo al retorno hacia los pagos natales de Arroyito y zonas de influencia, una vueltita. Ahora bien; como ésta no puede ser una vuelta olímpica, por la obvia razón que a la costa atlántica la hicieron recta, el cortejo de un centenar y medio de penitentes, camiseta más, vincha menos, trencitas muchas, que tiene su punto de partida más o menos en el Paseo 104, justo a la altura de donde en 4 y 5 se apelotonan los hostales, hospedajes, hosterías, pensiones y apart hotel de media estrella, a 10 pesos por barba así vayan afeitados, hasta más o menos el Paseo 126.

En la temporada 2003-2004 tuvo a bien suceder el miércoles 14 de enero, más o menos a partir de las 16:30, debido a que el día siguiente todos los boletos a Rosario City sin estaciones intermedias y bondis en un estado calamitoso. Todo a paso sostenido y entusiasta, a la cabeza y al medio un pelotón de una veintena, como lombrices en tarro, gritando sin parar:

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

con ritmo frenético, seco, de fundamentalistas convencidos, a finish.

Y también:

¡Acadéee! ¡Acadéee!

debido a que se consideran La Academia de esa altura del Paraná y nadie se los ha discutido y si se lo han discutido, no ha sido bajo los términos normales de ese tipo de disputa. Ya ha quedado así y está todo bien, man.

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

A la esmirriada procesión los turistas que se amontonan igual que en Buenos Aires, pero al sol, sin protector para la piel ni sombreros, a mate para ahorrar pero no soltando el celular así el FMI venga degollando, no les dan lo bola. Los miran con mucho más que indiferencia o extrañeza: una mirada clínica, quizá en la alternativa de si se trata de algo terminal o no.

¡Acadéee! ¡Acadéee!

La única compañía es una especie de nube de Chernobyl, pero a fuerza de porros, una fragancia que la brisa marina disemina sin discriminar y que hace que a la gaviota que se le ocurra pasar la pesque un mambo que sea un biplano de acrobacia y entre a planear entre las carpas, subir para el lado de la chatarra cósmica, largarse como suicidio de cóndor y dejar en la levantada una estela de humo que no tienen motor algunos dicen que es otro tipo de escape. También los cholulos que nunca faltan, cantidad de desocupados existenciales y no falta, como es obvio, el cronista que la va de observador de fenómenos atípicos del diario devenir.

¡Acadéee! ¡Acadéee!

A la altura del hotel de Luz y Fuerza, por el Paseo 110 o 111, surgió el primer gran interrogante:

Y ya lo ve, y ya lo ve,

es para la lepra

que lo mira por tevé,

realmente preocupante porque el alma hipersensibilizada de un sensor de la realidad, como el pelotudo antes nombrado, entró a buscar a los movileros del canal local, por lo menos algún videoasta de ocasión, pero nada, apenas si dos o tres con Kodaks berretas, ni siquiera cámaras digitales. Los ñatos como si nada, con la bandera bastante decolorada que habían atado a un palo todavía más choto, dale que va:

Y ya lo ve, y ya lo ve,

es para la lepra

que lo mira por tevé,

entonces es cuando todo eso incomprable que da los años de oficio, más el barandón de la maconia in crescendo, a más de uno le entra a carcomer la mollera si la canabbis no tiene algún efecto de tipo mediático todavía no detectado.

Ni de ahí. Unos tres Paseos (calles, se podría decir si se deja el veraneo básico) más allá, febo en su plenitud castigando cabelleras y hombros, la otra perlita:

Y ya lo ve, y ya lo ve,

somos locales otra vez,

entonces aquí sí no había más remedio, la consulta obligada, que localismo si encima de estar como a 700 kms. del home ni siquiera hinchas de Boca, ni una puta toalla con las leyendas y las estrellitas de La 12, habían emigrado o como las almejas se habían metido bajo la arena. Aprovechando que estaba a punto de respirar otra vez, los ojos inyectados como tero cagado a alambrazos por la fumata, se le inquirió a uno de los que parecía llevar la batuta o tener más combustible en todo eso:

-Pero, ¿qué te pasa, tío? ¿De que cuadro sos? Aunque vos por la cara y el color del pelo debés ser lo último que sobrevivió del Alumni, pero hace cinco años que hacemos esto, somos los únicos en todo Gesell, papi. No tenemos contra. Central es lo más grande que hay. Hasta el Che Guevara era canalla, tesoro. ¿Estabas enterado?

Nunca es tarde para enterarse de algo nuevo. Como la gentileza con que tuvo a bien que no se trataba de un festejo en especial por aniversario alguno, ni del club, ni de haber logrado la Copa Melba contra el Pocahontas Soccer Club de Arizona ni la operación de una uña encarnada de Palmita o la última volada del Gato Andrada. Nada. De pura pasión. De puro sentimiento. Que la gente que no veía ni les daba bola viera y si no les daba bola, que los escuchara porque la sordera no es voluntaria.

¡Dale campeón! ¡Dale campeón!

A esta altura de los acontecimientos hay que tener mucho coraje cívico para tratar de averiguar campeones de qué porque se les puede despertar el ímpetu de demostrarlo. Que siguieran campeonando en esa tarde sin una nube, la mayoría con las camisetas oficiales de lycra que los hacía traspirar hasta la linfa y el que no, de pobre, por lo menos los bermudas azul y amarillo, riguroso y religioso.

¡Dale campeón! ¡Dale campeón!

Dos o tres descolgados de San Lorenzo quisieron saludar el paso revoleando algo azulgrana y rememorando el ahora cuestionado, en el suelo, pacto histórico de El Tula con Milanesa, hubo algún reconocimiento hacia el gesto, si se puede llamar así, porque fue cuando gritaron con más fuerza:

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

como si el mundo se fuera a venir abajo o estuviera a punto de irrumpir otra marejada como la del 28 de diciembre, Día de Todos los Santos Inocentes, que le hizo la circunsición a cuanto balneario encontró en un trayecto de 20 cuadras, a uno que decía todo paquete, en letras mononas, Restaurant El Faro, lo dejó nomás en Restaur, el resto ya debe estar por Ciudad del Cabo o las islas Orcadas, enfáticos y rítmicos, tipo martillo neumático dándole sin parar al asfalto

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

pero los melindrosos vieron frustadas sus más asquerosas intenciones porque contra todo lo que se creía prever, siguieron, los dejaron vivos, aunque sin aflojar el ritmo:

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

Ahora por qué esta vez el tour se interrumpió antes, más o menos a la altura del Paseo 122, puede haber varias interpretaciones. Nunca se sabe. El grito se escuchó clarito:

-¡Por acá no pasan, hijos de puta!

Tal cual. Imposible no siendo un mal nacido pensar páfate, apareció La Lepra, acá se pudrió todo, a la nubecita de la yerba vamos a aspirar gases lacrimógenos, las sirenas de las lanchas por arriba de la arena, echando putas, y las ambulancias, ahora los bonaerenses que lucen tan posmodernos con bermudas y camisitas manga corta, parecen lomos mojados en Miami.

Pero no. La canallada se detuvo, hizo caso omiso a ese insulto y a los que siguieron.

¡Dale campeón! ¡Dale campeón!

Todo tranqui. Era un grupito de no más de seis, sin colores identificatorios.

-¡Cagones!

-¡Vengan y van a saber lo que es aguante!

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

-¡Vengan y van a saber lo que es aguante!

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

El que llevaba la voz cantante, aparte del tostado café, tenía un lomo impresionante, un doble pechuga para colmo tatuado con arabescos que una alfombra persa, medio que se le habían entrado a caer las chapas, pero imponía miedo. De pronto:

-¡La puta madre! ¡La arena está toda afloja! ¡Ayudame, Isidro, que voy y les doy yo solo!

El dilema, más que estribar, encallaba en que le habían amputado las dos piernas al tronco, pantaloncito de baño ni siquiera alcanzaba a taparle los muñones y las ruedas estaban encajadas. No sabía si ya ponerse en guardia o entrarle a dar para zafar e ir hacia donde estaban los indesables.

-¡Ayuda, Isidro! ¡Voy y les doy para que se acuerden!

-Calmate, Mingo. Le vas a tener que poner patonas a la garcha ésa.

-Me lo decís otra vez y te doy a vos. Me tenés podrido.

-Ah, calmarse vamos. Todos contra ellos. ¡Cagones!

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

Por momentos era atronador y los beneficiaba que con la misiadura prácticamente en ningún balneario tenían puesta música ambiental, antiestrés, con rock heavy o percusión computarizada como si hubieran conectado tam-tam africanos directamente a los 220 volts.

Al que lo habían llamado Isidro, larguilucho, pinta de no haber sido muy bien fortificado el último cuarto de siglo avanzó amenazante una media docena de pasos, lo que todavía lo dejaba a unos cómodos veinte metros por lo menos:

-¡Comegatos! -bramó como para que lo escucharan desde Pinamar-. Encima de cagones, son comegatos.

Los destinatarios ni se enteraron. Entre el entusiasmo, el ruido de las olas y la marihuana, ni pío.

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

-¡Comegatos cagones! -insistió Isidro, a ver si por lo menos lo escuchaban por los pagos del Tuyú.

Un insulto insólito, que le daba un giro inesperado a la situación. Uno no puede quedarse con la espina.

-¡Otra vez! ¿En qué país vivís, tío? ¿Sos de acá, vos, o extranjero? ¿No te acordás cuando todos estos rosarinos de mierda salieron en toda la televisión porque se estaban morfando todos los gatos? No dejaron ni un minino; casi se morfan hasta el Monumento a la Bandera de muertos de hambre.

Hice memoria de un repente. Una de las grandes proezas periodísticas de las que nunca se tendrá la debida memoria. Les pagaron a unos villeros rosarinos para que confesaran en cámara que por el hambre se habían visto obligados a comerse todos los micifuces de la zona, se armó un quilombo de los que sólo se arman en la Argentina, las buenas conciencias salieron al cruce y los villeros cobraron doble: les dieron más guita y desmintieron todo, jamás habían comido un mísero gatito, si a los que tenían incluso les daban leche Largavida.

-¡Vengan, cagones! No se borren.

La procesión se había detenido y amagaba con reemprender el regreso.

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

Mingo, si no hubiera estado encajado, inmóvil, furibundo, casi babeando, hacía un estropicio. Se puso a cantar solo, marcándose el clásico compás con la mano derecha bien al aire:

¡Ahí están! ¡Ahí están,

 los que a Tigre nunca van!

Lo pararon en seco, Isidro y los otros cuatro o cinco.

-Pará, loco. Si ellos están en primera y nosotros, no.

El minusválido, amargado por la varadura, no se dio por vencido:

-Ya vas a ver que vamos a volver a primera, como que hay un Dios, y estos cagones no van a venir.

Izó el cuerpo de la silla todo lo que pudo para clamar:

-¡Rosarinos muertos de hambre!

Isidro se había convertido en el referente. ¿Había algún leproso entre ellos? ¿De dónde venía la bronca?

-¡Otra vez! Te vas a tener que hacer ver, papá. Nosotros somos de Buenos Aires; los rosarinos de mierda son ellos. ¿O no la querés entender?

A la vuelta iba a tener que ponerme al día en bibliografía. Urgente. Quizá se había jugado una Copa Cepeda o Pavón o Tratado de San Nicolás, vaya uno a saber. Hasta en una de esas había vuelto el Libertador, más obediente, dispuesto a portarse como un milico disciplinado, y había ido y lo había cagado a palos a Estalinao López y uno con el asunto de la deuda externa, la mina ésa del FMI que nos tiene entre ceja y ceja, los piqueteros que no le dejan a nadie tener un auto tranquilo, ni se había enterado.

Por lo pronto, ya de manera decidida, la procesión había encarado el regreso. Era un sólo grito, casi atronador:

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

Mingo y los suyos estuvieron lejos de saborear algo parecido al triunfo.

-Mirá, ahí los tenés: otro año que se cagan y se vuelven. No te dije que son unos pechito de paloma.

-¡Carne de paloma, cagones y comegatos! -les gritó Isidro-. Qué basura que son. No tienen sangre. Les debe correr yogur sin sabor por las venas.

-A mí lo que me pone mal -se desesperó Mingo- es estar así encajado. En este mundo de mierda, a lo que casi todos tienen piernas, ni un senderito para las sillas de ruedas. ¿Acá de quién es el intendente?

-De los radicales. De quién querés que sea.

-¡Hijo de puta! -amenazó el Mingo-. Ya vamos a ganar los peronistas acá también y en todas las playas vamos a poner senderitos para las sillas de ruedas. Los rosarinos van a saber lo que es bueno.

El Isi entró en vena:

-Una especie de autopista costera para los que están como vos. Pero sin peajes, no jodamos.

Uno de los que no había abierto la boca, cara de veneno y ojos de víbora decidió perder la virginidad:

-Déjense de joder con pavadas. Hacer semejante obra y después viene un maremato como dicen que hubo para fin de año y se los lleva a la mierda a todos. Olas de ocho metros de altura, dicen que hubo.

-¡Qué país de mierda! -se engranó el Mingo-. Nos sobran malcogidos. Tendríamos que exportarlos. Ahora no querés hacer una obra de bien, bien peronista, por los marnosequé. Dejáte de joder, ¿querés?

El otro se sintió tocado:

-Malcogida tu hermana, Mingo. Viene el maremoto, ¿y qué hacés? Si ni vos podés nadar. Otros, pobres, están todos retorcidos como enredaderas. Se van a ahogar como lauchas, querido, ¿o me vas a decir ahora que le vas a poner un fuera de borda como esas para hacer esquí?

-Fuera de borda una poronga, resentido social. Vos dejáme a mí que por algo somos peronistas. A este país si no lo salvamos nosotros, no lo salva nadie.

-En eso es en lo único que estamos de acuerdo -terció el Isi-. Tigre y Perón, un solo corazón.

-No te metas donde no te llaman -lo retó fuerte el Mingo-. Nosotros vamos a sacer adelante este país y que mar nosequé ni mar nosecuánto. Yo le pongo unos catamaranes, me ato con un cinturón de seguridad y que venga toda el agua que San Putas quiera.

El Isi prefirió mostrarse conciliador:

-Si antes no volvemos a primera, Mingo, y les damos allá y en la cancha nuestra.

-Yo, por ahora, me conformaría con no andarme quedando encajado cada medio metro. Me hincha las bolas, te juro. Ver pasar las viejas, con cada várices como caños de media pulgada, moviéndose lo más chotas, y se me revuelve el alma.

A casi ya una cuadra, con más entusiasmo que nunca los feligreses seguían gritando y saltando, envueltos en su nube de porros:

¡Cen-tral! ¡Cen-tral!

Ya eran más de las 18:30 del miércoles 14 de enero del 2004 y gracias a esa única urbanística de que goza Villa Gesell, para ellos solos y los turistas que la visitan, el sol ya había caído, esto es, se había pudorosamente ocultado en todo ese sector de playas gracias a los edificios de departamentos y torres con que los propietarios pueden mirar ellos solos el océano.

Dentro de todo, mejor porque empieza a correr el fresquito, se vuelve antes al solo ambiente con seis camas, unas buenas pizzas delivery con birra, se prende el televisor y disfruta de la vida en familia. Una papa.

Con rumbo norte, como una letanía, durante un rato todavía su pudo escuchar junto al rumor del oleaje:

Y ya lo ve, y ya lo ve,

es para la lepra

que lo mira por tevé.

 

Siga, siga, que no cobró nada.

  ¿Se olvidó algo? Al índice que todavía está a tiempo.

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