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Dibujo de Oski

Amílcar Romero

 

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Una cosa e´locos, che, de no creer

Qué lindo dedito que tengo yo, 

qué lindo, qué lindo, 

que Dios me lo dio...

Los Bielsa son una familia chetona, tradicional, de Rosario. Con cierto touche populista: todos leprosos. De los dos hermanos, bastante antes que Marcelo tomara notoriedad como DT, porque como marcador de punta de Ñuls andavo a las patadas, el otro, el mayor, Rafael, abogado, ya había adquirido más que prestigio desde la gestión de Raúl Alfonsín, donde estuvo en la Subsecretaría de Justicia y se puso a la cabeza de la informatización y acceso remoto de toda la jurisprudencia argentina. Se trata de un profesional respetado, a tal punto que pudo sortear -aunque con algunas mataduras- la Segunda Década Infame, ser funcionario de la gestión de Fernando De la Rúa, después en la administración de la flamante nueva provincia o algo así que es el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires  y llegado el momento, jugado el hombre, no encontró nada mejor que lanzarse a la arena política para suceder a su colega y hasta hacía poco correligionario Aníbal Ibarra en el cargo. Sin contar sus incursiones futbolero/literarias, como la que tiene en SET 1999, junto a Eduardo Van Der Kooy, uno de los popes de Clarín, con el volumen titulado La vida en rojo y negro, un título para nada metafórico. Ver  la referencia bibliográfica

Actual canciller, doctor Rafael Bielsa, el cuerdo: ni yanqui ni marxista, ex GES-TIS-TA.

El Loco, dicen todos, incluso él, es su hermano Marcelo, a cargo de la dirección técnica de la selección nacional. Por default, él podría venir a ser algo así como El Cuerdo... Pero Rafael curte la salud mental del decir popular por otros andariveles. Anduvo por la JP en los años de hierro, luego tuvo unas vacaciones forzadas por el Viejo Continente, y una vez de vuelta, en realidad, ya todos de vuelta, se afilió al Frepaso y trabajó junto al licenciado Carlos Alvarez, (a) Chacho, el caballero de la triste figura de efímero paso por la vicepresidencia de la Nación, racinguista para completarla, allá por los ´90. Como todo se percude y gasta en la Sociedad de Consumo, Rafael, que no tiene un pelo de tonto y menos de loco, decidió hacer rancho aparte y agregarle su sellito al variado surtido del más que nunca prestigiado espectro político: el GESTA, trabucado acrónimo de Gestión, Estado y Sociedad, Todos y Ahora, ¡eeepa!, como una hora para tan solo pronunciarse, y tal vez fue eso o que la majada no anduviera tanto suelta, que ya sea para arrimarle unos votitos más al ex fiscal o para que el bostero Mauricio Macri no se queda con la vieja y manoseada Reina del Plata, pero el presidente que llegó del frío y con el 22% de los votos lo eligió canciller y cuando todos los vaticinios fáciles hicieron pensar que con lo fundamentalista que es este muchacho Bush Jr. algo que oliera un poco a ex monto lo iba a poner loquito, no, che, fijate, hasta lo apoyó, cosas que tiene la Real Politik, ¿no?.

Está bien. Cada cual de su culo un teatro chino, si se le ocurre. Aparte, él es, aparte del hermano mayor, El Cuerdo y su hermanito menor El Loco, asi es como ha sido instituído, ya que justamente de eso se trata. De una anécdota histórica y hondamente fraternal. Cuando Rafael, el mayor y cuerdo, el normal, para decirlo de una vez, cumplía el rol del buenito de la familia, estudiaba y hacía todos los deberes, a Marcelo, El Loco, se le dio por el fútbol y el primer patadón, el primer centro a la olla, se lo dio el viejo, que lo echó de la casa por loco, por qué otra cusa iba a hacer, y fue a parar a una piojosa pensión del centro de Rosario, de décimo cuarta y con perspectivas de seguir descendiendo, bien lejos del buen pasar familiar, a que despuntara todas las chifladuras que quisiera. Porque a papá Bielsa, para decirlo con un lenguaje algo rudo y vulgar, el fútbol siempre le dio en las pelotas y que un hijo le saliera jugador de semejante chafalonía era como levantarse todas las mañanas y hacerse buches de bilis.

¡Aire! Hacé lo que quieras, pero lejos. Ojos que no ven...

Pero el tiempo mata todo. A las calenturas, las broncas e incluso a la gente como nosotros. Marcelo, como siempre fue medio piantao, de nomás chiquitito se le dio por curtir esa onda, no dio el brazo a torcer, siguió y llegó a primera división. Aunque a regañadientes y mirándolo torcido, las puertas paternas se volvieron a abrir y los dos hermanos a compartir la misma pieza, discusiones de todo tipo, hasta algún que otro mamporro, ajos a rolete, de utas mejor ni hablar, bah, todo eso que consolida lo que se dice un fuerte lazo fraternal perdurable, pero más que nada, juntos otra vez, uno en los intrincados libros de derecho llenos de latinazos, donde todo es derecho, lógico y racional hasta que deja de serlo, más que doblar entra a dar vueltas carnero, el otro a seguir con el trotecito y pateando lo que sea, sobre todo contrarios incluídos.

En rueda de amigos Rafael suele recordar que una noche estaban los dos tirados, acostados, en los preámbulos del sueño, cuando de reojo del libro que estaba leyendo lo ve a Marcelo, el colifa de la familia, mano izquierda bajo la nuca, índice derecho bien erguido frente a los ojos, mirada extraviada, como de poseído, vaya a saberse en qué galaxia, inmutable el chabón.

          -Che, Marcelo: ¿te pasa algo? -quiso saber el hermanito mayor, cuerdo, buen hijo, estudiante, jurista de prestigio que va a ser muy pronto, en Buenos Aires.

         -Si el domingo le ganamos a Central me corto este dedo -respondió el otro sin abandonar la concentración, la mirada de poseso, pirado como en sus mejores momentos.

        -¡Pará, loco! ¿Qué vas a hacer?

        -Me lo corto -insistió El Loco, ausente, convencido.

Fue un viernes. Al otro día, después del desayuno familiar, Marcelo agarró su bolso, se despidió de todos y se fue a la concentración. El domingo, su hermano Rafael, otro leproso de la primera hora, no se podía perder el partido. Por muchos motivos. Pero ahora tenía otro más y lo estaba matando la angustia porque si había algo que conocía era a su hermano, chiflado de remate, peor que plumero nuevo en manos de ama de casa histérica, que cuando se le ponía algo en la cabeza lo cumplía. En la platea del Parque Independencia, rodeado de amigos y conocidos, no sabía si compartir su angustia, si iba a alentar a la vieja y querida casaca rojinegra o lo último que faltaba no desear ganarle a los canallas de Arroyito o, peor todavía, que ganaran los mierdas ésos porque estaba pendiente el índice derecho de su hermano y no se lo podía contar a nadie, tuvo que morfarse la angustia solo, una angustia para colmo in crescedo porque empezó al partido y Ñuls, el viejo y querido, el fundado por los seguidores del querido maestro, más que eso, VENERABLE MAESTRO Isaac Newell, sus old boys, sus discípulos, que formaron el equipo de fútbol para recordarlo, para ponerlo en la historia y sentar escuela, tradición y el arraigo de la mitad de la Chicago Argentina, pero entre la alegría y la desesperación, por lo menos que el partido no terminara nunca, El Loco seguro se iba a rebanar el dedo al ras, el muñón por toda la vida, con qué carajo iba a contar la guita, tocar timbre, escarbarse la nariz y otras menudencias.

En la vida todo llega. El final de los clásicos rosarinos no son ninguna excepción. Los tres pitazos y el delirio, los amigos que lo abrazaban, el hermano de uno de los titulares de la primera, ahí, al alcance de la mano, y Rafael ni pelota que les dio, sacándose a todo el mundo de encima, empujando, bajando echando putas a los vestuarios, forcejeos, no lo dejaban pasar, les importaba un pito que fuera hermano de quien fuera, para mejor de adentro llegaba un quilombo de órdago, gritos, alaridos y él que entró a pensar El Loco éste se lo cortó nomás, en cualquier momento se abría le gente como las aguas del mar para dejar pasar a Jesús y aparecía la camilla con Marcelo arriba, toda la mano derecha vendada y sanguinolenta, ya entubado por el suero goteando y medio mamado por la hemorragia intensa e imparable.

Al final pudo entrar. Era peor. Gritos. La mayoría en bolas. Todo el vapor de las duchas. Abrazos. Cantitos. Canallas hijos de puta. Hasta que por fin, en un rincón, sentado con la cabeza baja, recién bañado, la mitad inferior del cuerpo envuelta en el toallón, todavía exhausto, tratando de recuperar el aliento y ajeno a los festejos, ensimismado con una botellita de agua mineral, ahí estaba Marcelo y tenía la mano derecha completa, por lo menos así parecía, no caía sangre de ningún lado, y Rafael por primera vez en en tan sacrosanto día para un rosarino futbolero pudo empezar a relajarse algo.

          -Te juro que mi hermano tiene momentos así en que parece hasta normal -suele rematar la anécdota, efectivamente conmovido y emocionado, al borde de las lágrimas.

Quieso ser gobernador, intendente o lo que sea de la Capital de la República de la Pampa Húmeda por el ex GESTA, en medio del derrumbe más calamitoso del país, y después terminó resignándose a ser canciller de un santacruceño hincha de Racing y a los apretones con Bush Jr. y chupetes con la frigidaire trasandina Soledad Alvear, y el hermano, al frente de la selección argentina candidata al título del Mundial 2002 y que no trajo del Lejano Oiriente ni un quimono, al que le dicen El Loco. es hasta capaz de traerse otra copa, aunque sea una Melba, o cortarse un coco, vaya uno a saber a esta altura del partido y los acontecimientos históricos. ¿No se podría llamar a licitación o, ya que estamos, a un peblicito, para testearlos a los dos a ver cuál está más pirado

Siga, siga, que no cobró nada.

  ¿Se olvidó algo? Al índice que todavía está a tiempo.

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